El pescador y su esposa, Versión de Clifton Johnson

El pescador y su esposa

Los antiguos griegos tenían un famoso dicho: «Nada en demasía.» La máxima no exhorta a la abstinencia total, sino que nos recuerda que debemos evitar los excesos. Cualquier cosa en demasía, aunque sea buena, puede ser nuestra perdición, como nos muestra este antiguo relato. Debemos fijarnos ciertos límites.

Érase una vez un pescador que vivía con su esposa en una humilde choza junto al mar. Un día, cuando el pescador pescaba a orillas del agua con su caña y su línea, dio con un pez tan grande y vigoroso que tuvo que hacer un gran esfuerzo para atraparlo. Disfrutaba de la satisfacción de haber capturado semejante pez cuando le oyó decir:

—Por favor, déjame vivir. No soy un pez, sino un mago. Ponme en el agua y déjame ir.
—No necesitas repetirlo —dijo el pescador—. No quiero saber nada con un pez que habla.
Lo liberó del anzuelo y lo puso de nuevo en el agua.
—Ahora lárgate cuanto antes —dijo el hombre, y el pez se zambulló hasta el fondo.


El pescador regresó a su choza y contó a su esposa que había capturado un gran pez que le había contado que era un mago, y que él lo había liberado.
—¿No le pediste nada? —preguntó su esposa.
—No —replicó el hombre—. ¿Qué iba a pedirle?
—¿Qué ibas a pedirle? —exclamó la esposa—. Hablas como si lo tuviéramos todo en el mundo, pero vivimos en esta mísera choza. Regresa y dile al pez que queremos una casa cómoda.
Al pescador no le agradaba cumplir con ese encargo. Sin embargo, como su esposa se lo exigía, allá fue, y cuando regresó al mar, las aguas lucían verdes y amarillas. Se paró en las rocas donde antes pescaba y dijo:

Hombre del mar,
ven a escuchar,
pues Alicia,
que es mi amarga delicia,
me envía a pedirte un presente.

El pez se le acercó a nado y dijo:
—¿Y qué desea ella?
—Ah —dijo el pescador—, mi esposa dice que cuando te pesqué debí haberte pedido algo antes de liberarte. No le gusta vivir en nuestra choza. Quiere una casa cómoda.
—Pues regresa —dijo el pez—. Ella ya está en la casa que desea.
El hombre regresó y encontró a su esposa en la puerta de una cómoda casa, y detrás de la casa había un patio con patos y gallinas picoteando, y más allá del patio había un jardín donde crecían flores y frutas.
—Ahora viviremos felices —dijo el pescador.
Todo anduvo bien un par de semanas, y entonces la esposa dijo:
—Esposo mío, no hay suficiente lugar en esta casa, y el patio

y el jardín son demasiado pequeños. Me gustaría vivir en un gran castillo de piedra. Busca nuevamente al pez y pídele que nos dé un castillo.
—Esposa —dijo el pescador—, no quiero ir a verle, pues quizá se enfade. Deberíamos conformarnos con una bonita casa como ésta.
—Pamplinas —dijo la mujer—. De muy buena gana nos dará un castillo. Haz la prueba.
El pescador fue de mala gana, y cuando llegó al mar las aguas eran de color gris oscuro y muy sombrío. Se paró en la orilla y dijo:

Hombre del mar,
ven a escuchar,
pues Alicia,
que es mi amarga delicia,
me envía a pedirte un presente.

El pez se le acercó a nado.
—¿Qué quiere ahora?
—Ah —respondió el hombre con aflicción—, mi esposa desea vivir en un castillo de piedra.
—Regresa pues —dijo el pez—. Ya se encuentra en el castillo.
El pescador regresó y encontró a su esposa ante un gran castillo.
—Mira —dijo ella—, ¿no es bonito?
Entraron en el castillo, y allí había muchos criados, y las habitaciones estaban ricamente amuebladas con hermosas mesas y sillas, y detrás del castillo había un extenso parque, lleno de ovejas, cabras, conejos y venados.
—Ahora —dijo el hombre— viviremos contentos y felices en este hermoso castillo el resto de nuestra vida.
—Tal vez —dijo la mujer—, pero consultémoslo con la almohada antes de decidirnos.
Y se fueron a acostar.
A la mañana siguiente, cuando despertaron, era pleno día, y la esposa codeó al pescador y le dijo:
—Levántate, esposo mío, y muévete, pues debemos ser rey y reina de toda la comarca.
—Mujer, mujer —dijo el pescador—, ¿para qué queremos ser rey y reina? Yo no sería rey aunque pudiera.
—Pues yo seré reina de todos modos —dijo la esposa—. No hables más del asunto. Ve a ver al pez y dile lo que quiero.
Allá fue el hombre, pero le daba mucha tristeza pensar que su esposa deseaba ser reina. El mar estaba lodoso y estriado de espuma cuando él gritó:

Hombre del mar,
ven a escuchar,
pues Alicia,
que es mi amarga delicia,
me envía a pedirte un presente.
El pez se acercó a nado.

—¿Pues qué se le ofrece ahora?
—Ay —suspiró el hombre—, mi esposa desea ser reina.
—Regresa pues —dijo el pez—, tu esposa ya es reina.
El pescador regresó y al rato llegó a un palacio, y vio un grupo de soldados y oyó ruido de tambores y trompetas. Entró en el palacio y encontró a su esposa sentada en un trono, con una corona de oro en la cabeza, y a cada lado tenía seis hermosas doncellas.
—Bien, mujer —dijo el esposo—, ¿eres reina?
—Sí —respondió ella—, soy reina.
Tras mirarla un largo rato, el hombre dijo:
—Ah, esposa mía, qué bueno es ser reina. Ahora ya nunca desearemos nada más.
—No estoy tan segura. Nunca es un largo tiempo. Soy reina, es verdad, pero empiezo a cansarme de ello. Creo que me gustaría ser papisa.
—Mujer, mujer —exclamó el hombre—. ¿Cómo puedes ser papisa? Hay un solo papa en toda la cristiandad.
—Esposo mío —dijo ella—, seré papisa este mismo día.
—¡Mujer! —respondió el pescador—. El pez no puede nombrarte papisa, y no me gustaría pedirle semejante cosa.
—¡Pamplinas! —dijo ella—. Si puede nombrarme reina, puede nombrarme papisa. Inténtalo.
Allá fue el pescador, y cuando llegó a la costa el viento soplaba con furia, las olas rodaban temiblemente sobre las rocas, y el cielo estaba cubierto de nubes arremolinadas. El pescador estaba asustado, pero aun así obedeció a su esposa y llamó:

Hombre del mar,
ven a escuchar,
pues Alicia,
que es mi amarga delicia,
me envía a pedirte un presente.

El pez se acercó a nado.
—¿Qué quiere ahora?
—Ah —dijo el pescador—, mi esposa quiere ser papisa.
—Ve a casa —ordenó el pez—. Ya es papisa.
Así el pescador regresó a casa y encontró a su esposa sentada en un trono de gran altura, y a ambos lados ardían velas de todos los tamaños, y ella tenía tres grandes coronas en la cabeza, una encima de la otra, y estaba rodeada por toda la pompa y el poder de la Iglesia.
—Esposa —dijo el pescador, admirando esa magnificencia—, ¿eres papisa?
—Sí —respondió ella—, soy papisa.
—Bien, mujer, es espléndido ser papisa. Y ahora debes estar satisfecha, pues no puedes obtener más grandeza.
—Ya veremos —dijo ella.
Se fueron a acostar, pero la esposa no pudo dormir porque se pasó la noche pensando en lo que sería a continuación. Al fin llegó la mañana y salió el sol.
—¡Ja! —exclamó—. Iba a dormirme, pero el sol me molestó con su luz brillante. ¿No puedo impedir que salga el sol? —Enfadándose, le dijo al esposo—: Ve a ver a ese pez y dile que deseo ser dueña del sol y la luna.
—Ay, esposa, ¿no te conformas con ser papisa?
—No, estoy muy inquieta, y no soporto que el sol y la luna salgan sin mi consentimiento. ¡Ve a ver al pez de inmediato!
Allá fue el hombre, y cuando se aproximaba a la costa se levantó una espantosa tormenta, sacudiendo árboles y rocas y ennegreciendo el cielo. El relámpago centelleaba, y el trueno rodeaba, y el mar estaba cubierto de olas grandes como montañas. El
pescador temblaba tanto que se le entrechocaban las rodillas, y apenas tuvo fuerzas para mantenerse en pie en medio del vendaval y llamar al pez:

Hombre del mar,
ven a escuchar,
pues Alicia,
que es mi amarga delicia,
me envía a pedirte un presente.

El pez se le acercó a nado.
—¿Qué más quiere ella?
—Ah —dijo el hombre—, quiere ser dueña del sol y la luna.
—Regresa a tu choza —dijo el pez.
El hombre regresó, y el palacio había desaparecido, y en cambio encontró la pequeña y oscura choza donde vivía antes, y él y su esposa viven en esa mísera choza desde entonces.

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